Actualmente tenemos la sensación de que día a día corremos una maratón o competimos una carrera de Fórmula 1, pero la meta nunca llega. Como si las horas no alcanzaran y la necesidad de hacer la mayor cantidad de cosas en el menor tiempo posible fuese imperiosa. Lo más alarmante es que no se trata de una excepción, sino de una rutina.
La rapidez que nos exige el presente favorece conductas como la multitarea, donde la simultaneidad se interpreta como eficiencia. En la misma ruta aparece la inmediatez, esa obligación de responder de forma casi automática a cada demanda, potenciada por la tecnología digital y la disponibilidad constante. A esto se suma la cultura del hacer, hija de un capitalismo furtivo que promueve la productividad constante y diluye el valor del descanso. En esta lógica, el tiempo deja de ser experiencia y se transforma exclusivamente en recurso. Los momentos de pausa u ocio suelen vivirse con culpa o como ineficiencia.

Esta carrera permanente tiene costos físicos, psíquicos y emocionales. Es una de las grandes promotoras del estrés crónico. Lo advertimos cuando la aceleración externa invade el mundo interno: pensamientos rápidos y dispersos, dificultad para sostener la atención, sensación de desborde, irritabilidad y fatiga. En el plano vincular, la superficialidad y la pérdida de la capacidad de espera se vuelven síntomas frecuentes de este carril veloz.

¿Cómo frenar cuando el mundo acelera?
Si la aceleración se volvió norma, desacelerar requiere una decisión consciente. No implica renunciar a responsabilidades, sino regular el propio ritmo.
Un primer paso es diferenciar lo urgente de lo importante. Lo urgente reclama atención inmediata, lo importante, en cambio, está vinculado a nuestros objetivos a largo plazo. No todo requerimiento necesita respuesta instantánea. Jerarquizar tareas disminuye la sobrecarga mental y evita que lo externo determine constantemente nuestra velocidad. También necesitamos pausas reales y deliberadas. No distracciones automáticas, sino momentos de descanso que permitan que el cuerpo y la mente se recuperen: caminar sin objetivo productivo, detenerse unos minutos, reducir el flujo constante de información. Regular la multitarea es otra intervención concreta. El cerebro funciona mejor cuando sostiene un foco atencional. Hacer una cosa por vez reduce el desgaste mental y mejora la calidad del desempeño. La respiración consciente funciona como un freno fisiológico. Respirar de manera lenta y profunda baja el nivel de alerta del organismo y favorece un estado de mayor estabilidad emocional.
Desacelerar implica también desarrollar conciencia emocional: identificar qué sentimos, reconocer señales de cansancio o ansiedad y darles espacio. En este proceso, los vínculos de escucha y contención cumplen un rol regulador fundamental. Cuando el ritmo resulta difícil de manejar, un espacio terapéutico puede ofrecer herramientas para revisar patrones de exigencia y reorganizar prioridades. Finalmente, establecer momentos de desconexión tecnológica reduce el exceso de demandas y mejora la capacidad de enfocarse.


Elegir el propio ritmo
La velocidad no siempre es sinónimo de eficacia. Desacelerar no es quedarse atrás; es recuperar la conducción del propio ritmo. No siempre podemos detener la carrera externa, pero sí podemos decidir cuándo comenzar a frenar.
Porque la meta no es la velocidad, sino el bienestar que construimos en el camino.