Las fiestas llegan todos los años y, con ellas, un escenario que se repite: mesas abundantes, horarios desordenados, comentarios sobre el cuerpo y una presión silenciosa por “portarse bien” con la comida. En la práctica profesional, diciembre suele vivirse más desde la culpa que desde el disfrute. Sin embargo, la evidencia científica es clara: este enfoque no solo no cuida la salud, sino que muchas veces deteriora nuestra relación con la alimentación.


Empecemos por un punto central: unos pocos días no definen la salud. El peso corporal, los parámetros metabólicos y los hábitos se construyen a lo largo del tiempo, no entre el 24 y el 31 de diciembre. Estudios en nutrición conductual muestran que el impacto metabólico de las comidas festivas es transitorio, mientras que las conductas restrictivas posteriores —dietas extremas, ayunos compensatorios, “castigos” alimentarios— aumentan el riesgo de descontrol, ansiedad y efecto rebote.
En el contexto de las fiestas, además, no solo comemos alimentos: también comemos emociones. Encuentros familiares, ausencias, cansancio acumulado y expectativas sociales influyen directamente en cuánto, cómo y por qué comemos. Desde la fisiología, el estrés eleva los niveles de cortisol, una hormona que puede incrementar el apetito y la preferencia por alimentos más densos en energía. No es una cuestión de voluntad: es una respuesta biológica.
Entonces, ¿qué sí recomienda la evidencia?
– Regularidad, no perfección. Sostener, dentro de lo posible, las comidas principales durante el día ayuda a evitar llegar a la cena con hambre extrema, uno de los principales disparadores del comer impulsivo.
– Escucha corporal. Comer más lento, registrar señales de saciedad y habilitar elecciones conscientes favorece la autorregulación, incluso en mesas abundantes.
– Flexibilidad cognitiva. Las personas con una relación flexible con la comida presentan mejores indicadores de salud que aquellas que se rigen por reglas rígidas y prohibiciones.
– El contexto importa. Dormir poco, hidratarse mal o pasar muchas horas sin comer suele tener un impacto mayor que el postre elegido.


Un aspecto clave respaldado por la ciencia es que la culpa no mejora las conductas alimentarias. Por el contrario, los mensajes punitivos y moralizantes se asocian a mayor insatisfacción corporal y menor adherencia a hábitos saludables a largo plazo. Cuidarse no es vigilarse: es aprender a responder a las propias necesidades con respeto.
Las fiestas pueden ser una oportunidad para probar un enfoque diferente: comer con presencia, disfrutar sin excesos innecesarios, pero también sin prohibiciones. No se trata de “compensar” después, sino de retomar la rutina con amabilidad, entendiendo que la salud no se pierde ni se recupera en una sola comida.
Si cada fin de año la alimentación se convierte en un motivo de conflicto, quizás la pregunta no sea qué comer, sino desde qué lugar nos estamos vinculando con la comida. Y ese vínculo, lejos de ser fijo, puede trabajarse.
Porque comer bien no es comer perfecto.
Es construir una relación más saludable y sostenible con la alimentación.