dic
22
2011

El tiempo del reloj y el tiempo del corazón

En 1962 el geólogo francés Michel Siffre descendió al fondo de una gran cueva y, alejado de la luz y de toda señal exterior, se quedó allí hasta perder la noción del tiempo. No tenía ni sabía cómo contarlo. Cuando finalmente salió estaba convencido, según sus cálculos, de que había permanecido 45 días en la cueva. Se sorprendió al comprobar que habían sido 61.

La conclusión parece obvia: hay un tiempo en el cerebro y otro en los relojes y calendarios. ¿Con cuál vivir? En realidadno se puede elegir: ambos tiempos existen, son reales. Y justamente cuando creemos que el válido es el que podemos contar, parcelar, fragmentar y envasar es cuando empezamos a sufrir por culpa del tiempo.

 “No estamos estresados porque nos falte tiempo, sino que nos falta tiempo porque estamos estresados”, dice Stefan Klein, físico alemán que pertenece al centro científico Ernest Lluch, de Múnich, y se dedica a investigar y escribir precisamente sobre el tiempo. Es una frase para recordar cada vez que nos ataca la taquicardia llamada prisa, apuro o ansiedad. Esta invade nuestra vida cuando nos rendimos al tiempo de los relojes y de los calendarios. En el afán de no perderlo, de ahorrarlo, de aprovecharlo, de sacarle el jugo, empezamos a correr por él como si fuera una cinta, pasamos por su superficie cumpliendo plazos, pero no dejamos que sea el tiempo el que pasa por nosotros, transformándonos, modelándonos.

Decía Marguerite Yourcenar, la autora de la maravillosa Memorias de Adriano (una de esas novelas que no se leen sin consecuencias) que el tiempo es el gran escultor. Nos da forma, nos modifica, nos da volumen y memoria, en él nos proyectamos y enraizamos. Somos tiempo, en fin. Y si nos negamos a él, nos negamos a ser.

“La prisa y la obsesión por el tiempo es el mejor modo de perderlo, porque la ansiedad que genera la prisa nos impide concentrarnos y ser eficaces en lo que hacemos”, dice el mismo Klein. Leo sus palabras y veo cuántas veces nos encontramos más preocupados por el cuándo que por el qué. Cada vez que ocurre así, no importa de qué se trate, se nos escapa la sutil belleza de lo que hacemos, perdemos la magia del detalle, nos volvemos autómatas. Eficientes, quizás, cumplidores también, pero autómatas. En cambio, si aquello que hacemos es lo que concentra nuestra energía, nuestra atención y nuestra intención, el tiempo cambia de carril, discurre por una vía silenciosa, pasa inadvertido, se integra a nosotros y a la tarea en lugar de urgirnos desde afuera. “El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto”, reflexionó alguna vez Charles Chaplin.

¿Por qué, entonces, no confiar, no dejar que sea él quien nos escriba? ¿Por qué no liberarlo en lugar de aprisionarlo en estériles envases de los cuales, de todos modos, siempre se escapa?

Fuente: http://www.vivisophia.com

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